Alberto Quintanilla, un artista que transciende

A sus 85 años don Alberto Quintanilla del Mar es uno de nuestros últimos grandes artistas vivos. Lúcido y elocuente como pocos, pero con las dolencias típicas de la etapa otoñal nos sigue demostrando que el arte transciende al hombre.

Escribe Omar Amorós* / Fotos Jaime Cuéllar

Su casa en el clásico distrito limeño de Jesús María es su taller, su cuartel general y aunque para los entendidos puede que esté un poco desordenado, para un artista de su trayectoria y prestigio hasta el caos tiene un orden y ese orden no es casual es fruto de una serie de trabajos reflejados en esculturas, cuadros y demás piezas que son el esfuerzo de más de 50 años de hacer arte andino en un país mezquino –la mayoría de veces- con sus talentos.

Escuchar al maestro Quintanilla siempre es una clase maestra, en la que no solo puedes aprender de escultura; sino también de pintura, grabado, literatura, política, de la vida misma. Nacido el 29 de abril de 1934 en Cuzco sus primeros estudios sobre el arte los realizó en la Escuela de Bellas Artes de su ciudad. Posteriormente, tras ganar una beca para estudiar restauración, viaja a Lima e ingresa a la Escuela Nacional de Bellas Artes y su vida cambió para siempre.

-Hace poco ha publicado un libro de poemas. ¿Qué en común tienen artes tan distintas como la literatura y la escultura, por ejemplo? Que los dos (y otras artes) son sueños. Hay sueños frustrados, pero también sueños logrados. El hombre no puede vivir sin ellos, siendo los mejores aquellos que se tiene cuando se está despierto. Un día de pequeño jugando con unos amigos con un mapamundi determinó con su dedo que cuando sea grande iba a estar en el lugar donde tocase su dedo: Florencia – Italia me cuenta. Muchos años después su sueño despierto se cumplió cuando en 1972 gana la medalla de oro en la Bienal de Florencia, hecho que no lo podía creer, pero cada paso que daba camino a esa premiación le hacía recordar ese momento de niño. Antes de eso, en 1961, viajó a Europa becado por el gobierno francés para realizar estudios de grabado en la Escuela de Bellas Artes de París. Durante su estadía en la Ciudad Luz, también realiza prácticas de restauración en el Museo de Louvre. Ya había conocido el mundo.

Entre los muchos recuerdos que se le vienen a la mente mientras conversamos, cuenta que cuando llegó a la capital pensó que era una ciudad llena de bondades, “pero hay que ser serranos para sentir el odio que hay acá”, nos expresa como recordando una mala experiencia. Para el afamado artista nuestro país ocupa un importante lugar en el mundo como racista y lleno de desigualdades. Por eso al viajar tanto y conocer el mundo –gracias y a través de su arte- le ha hecho ver que existe gente que todavía se admira en el mundo porque se quiere como nación, lo contrario a los peruanos que no formamos una unidad en el amor a la tierra que nos vio nacer. “Yo amo a mi pueblo, a mi idioma. Hablo el quechua. Por eso yo siempre he querido recuperar todo lo que se pueda de nuestra cultura ancestral”.

Por sus contribuciones a la recuperación de nuestra memoria a través de su arte, Quintanilla ha recibido muchas condecoraciones, las más recientes hechas por la Municipalidad del Cuzco y el Congreso de la República ambas en 2010; y en el 2014, por la Derrama Magisterial. Por su parte La Escuela Nacional Superior Autónoma de Bellas Artes del Perú le otorgó la “Medalla de Honor Daniel Hernández” por su contribución al arte y la cultura en el 2016.


En toda su trayectoria artística y profesional, Alberto Quintanilla ha creado todo un universo iconográfico en donde destaca la utilización de colores brillantes, atmósferas de ensueño, personajes propios de la mitología peruana, del folklore, la fiesta, la música y la danza, todo ello como una manera de reivindicar el mundo andino, su mitología y su raza. Su vasta obra incluye series de esculturas monumentales, grabados, pinturas, máscaras e imaginería. Entre su obras más destacadas resaltan “El sueño de la tierra” (1965), “El encanto del flautista” (2011), “Los músicos de la aldea” (2012) y “Mayordomía secreta” (2012).

Quintanilla se considera extremadamente riguroso en su arte, pero su formación ha pasado más en las picanterías, en los cafés y bares que en las aulas; es decir la calle fue sobre todo su salón de clases. “Toda mi vida ha sido como una película que ha pasado delante de mis ojos. La vida es tan corta que siempre he tratado de estar fuerte y bien para tener claras las cosas. Tengo todo el derecho de hablar porque ya tengo 85 años y algún día ya no voy a estar acá”.

El gran artista sigue vigente, hace un año presentó una completísima muestra: “Retrospectiva” y a finales del 2018 presentó su más reciente poemario “Yuyarinapaq” (Reflexiones). Un conjunto de 58 poemas inéditos que datan desde 1950; empastado en tapa dura que contó además con 58 dibujos realizados en tinta y lapicero especialmente seleccionados para la obra de 150 páginas, editado por el escritor Francisco León y diseñado por el artista gráfico Diego Ugaz.

El maestro Alberto Quintanilla es de aquellos que piensan que el artista siempre tiene algo que decir o hacer que conmueva a su público. Y eso solo lo puede hacer un artista de verdad como lo es él. Seguirá escribiendo, pintando, creando, con su esposa Elena a su lado atendiéndolo; pero sobre todo seguirá soñando…“Los colores también duermen / Y son de un solo color / Color del alma” (Yuyarinapaq, 2018).

*Editor de Cocktai

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