Amnesia Arquitectónica

Por Augusto Reyna*

La definición de amnesia es, en el Diccionario de la Real Academia Española, pérdida o debilidad notable de la memoria. Clínicamente es considerada un trastorno y nos impide recordar, total o parcialmente, situaciones, vivencias y experiencias del pasado. Podemos entender la amnesia principalmente de manera individual – en una persona -, pero también de manera colectiva en una sociedad, cuando ésta se olvida de valores y experiencias pasadas y relevantes que construyeron su identidad en el presente. Sabemos que la arquitectura es considerada patrimonio cultural de una sociedad, ya que es testimonio o huella material de una coyuntura específica de un espacio y tiempo determinado, y que esto pertenece a la memoria colectiva y es a su vez sustento de ella. La pregunta es, entonces, ¿cómo sabemos que lo que se demuele tiene valor o no? O ¿Quién se encarga de decidir qué se debe conservar y que no?

La situación actual de nuestro país con respecto a la arquitectura como patrimonio cultural es bastante limitada y difusa. No tenemos un consenso sobre qué, cómo catalogar y valorar las obras arquitectónicas que merecen ser conservadas. Parece claro que, en temas de conservación, se prioriza las construcciones arqueológicas por sobre las arquitectónicas. Toda edificación que pertenezca al período prehispánico es susceptible de ser valorada y conservada (al margen de hacerlo realmente). Lo mismo para con la arquitectura de la época colonial y republicana. En estos casos, la distancia temporal es lo suficientemente larga como para considerar a las edificaciones dentro de un estudio para su conservación, más aún si forman parte de un tejido urbano específico que también se deberá conservar. Pero, ¿qué pasa con la arquitectura construida en el siglo XX? Al parecer, al igual que otros países sudamericanos, tenemos un vacío de herramientas teóricas y metodológicas para decidir qué y qué no tiene valor de conservación. A esto se suma el vertiginoso crecimiento de las ciudades que, bajo las lógicas del libre mercado y de privatización, depredan las construcciones sin ningún impedimento.

A pesar de contar con instituciones que puedan determinar eso, como el Instituto Nacional de Cultura o el Colegio de Arquitectos del Perú, y a pesar de todas las cartas, declaraciones, convenios o recomendaciones de instituciones internacionales como la UNESCO o ICOMOS, seguimos presenciando la caída de muchas obras arquitectónicas, como la Casa Marsano en Miraflores o el edificio Limatambo diseñado por el Arq. Enrique Seoane, sin tener claro el valor real de cada edificación. En el primer caso, se dijo que no tenía valor ya que su diseño neoclásico no correspondía con la época en la cual fue construido -en los años cuarenta-. Decisión a discutir cuando se mira la nefasta edificación nueva construida en su reemplazo, mientras que el segundo edificio es obra de uno de los principales arquitectos que ha dado el Perú, y su trabajo es de innegable valor como representación del estilo internacional nacido con el movimiento moderno -llegado a Lima tardíamente también- del siglo XX.

Al margen de los ejemplos, los cuales deben haber muchos más en todas las ciudades de nuestro país, el problema que tenemos es que no entendemos el concepto de valor no en el sentido cuantitativo económico, sino en el sentido de valor intangible, el cual pertenece a la memoria y construye identidad en toda sociedad, a la manera que algunos sociólogos y antropólogos desde el siglo XIX han definido como presente o regalo: un legado de una generación a otra. Esto se dará solo si conocemos el verdadero valor cultural, social, moral y ético del edificio, al margen de su valoración estética subjetiva, pensando en su concepción dentro de un espacio y tiempo específicos sin juzgarlo con criterios fuera de su época. Esta tarea debe hacerse en conjunto con las instituciones que promueven la conservación del patrimonio cultural, las instituciones internacionales que tienen las herramientas necesarias, las universidades y colegios de profesionales vinculados al tema y las entidades municipales cuyas construcciones están bajo su cargo. Las tecnología de la comunicación nos permiten lograr estudios interdisciplinarios que permitan catalogar y valorar el patrimonio a conservar, para lograr determinar los valores de cada época y poder esclarecer qué edificación es testimonio de dichos valores y cual no, para luego no arrepentirnos por las acciones tomadas.

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