Conoce las cinco bodegas que integran el Valle de Cinti en Bolivia

Un viaje de descubrimiento en busca del tesoro mejor guardado de la gastronomía boliviana: los vinos y singanis del valle de Cinti, la primera Denominación de Origen vitivinícola de Bolivia.

Escribe y fotos Sergio Rebaza*

Cinco años atrás, a nadie se le ocurría asociar a Bolivia con la cultura del vino. Es más, hasta antes de la llegada de Gustu a La Paz –el único restaurante boliviano en la lista de los 50 Best–, nadie ubicaba a Bolivia en el mapa gastronómico de América Latina. Pero fue precisamente este restaurante, propiedad del también fundador de Noma (Dinamarca), Claus Meyer, el que puso en palestra los insumos del “país altiplánico” para darlos a conocer al mundo, y entre estos productos se encontraba –¡oh, sorpresa!– el vino.

Como en los demás países de la región, los españoles se instalaron en esta zona con su religión y sus parras; pero luego de la caída de la mina de Potosí, la producción vitivinícola fue cuesta abajo. Sin embargo, quedó un puñado de variedades que hoy son los estandartes de identidad de la cultura vinífera de esta región. Variedades que se adaptaron al suelo y al clima de este valle, que asemeja un paisaje de otro planeta: un cañón formado por plataformas superpuestas por el que transcurren el río Cinti entre paredes rojas de suelo pedregoso. Se trata de la Moscatel de Alejandría, que representa el 80% de las cepas cultivadas en estas tierras de altura (2400 msnm en promedio), con la que se elabora principalmente el destilado bandera de Bolivia: el Singani, y algunos blancos muy expresivos. La Misionera, o Negra criolla, de la que salen unos tintos frescos. Y finalmente, la Vischoqueña, una cepa nacida en esta región, fruto del cruce, según el sommelier de Gustu, Bertil Tøttenborg, de más de dos variedades, entre ellas la misionera y la moscatel.

Alambique de cobre de Bodega Santa Lucía.

Visité Bolivia invitado entre agosto y setiembre pasado como jurado del primer Expo Vino y Singani Sucre 2019 (EVSS), y aproveché la ocasión para visitar, junto a los organizadores del evento, las cinco bodegas que integran la DO Cinti. La ruta empezó con la visita a Hugo Aparicio, de la Bodega Santa Lucía, en Camargo. Aunque lleva muletas por una reciente operación, Don Hugo luce una fortaleza, humor y sabiduría envidiables. Probamos sus vinos, secos y dulces, pero la cata más esperada fue su singani, que ganó doble medalla de oro en el certamen días atrás.

La segunda parada fue Casona de Molina, de Mario Molina, quien fue, además, nuestro guía y anfitrión en este viaje. Su historia es similar a la de otros productores de la zona, quienes han empezado a elaborar vino luego de rescatar las tierras y bodegas que yacían descuidadas o abandonadas. El vino por el que vinimos es un Cabernet Sauvignon del 2008 que nunca tocó madera –doble medalla de oro–; una experiencia única que demuestra el potencial de guarda de un vino criollo sin necesidad del añejamiento en barrica.

Hugo Aparicio de Bodega Santa Lucía.

En el distrito de Villa Abecia visitamos a Weimar Ríos. Su bodega, Cepa de Fuego, no es más grande que una pequeña capilla, aunque sin duda es un templo que le rinde culto al Syrah. Fue el único de los cinco del Cinti que no participó en el concurso de EVSS. Y aunque fue algo que lamentamos en el momento, también encontré cierto placer de probar sus vinos sin medallas ni puntajes de por medio.

Ese día acabó con una cena en la bodega de Jaime Rivera –padre e hijo–, Cepa de Oro, la más premiada del concurso: 10 en total (6 oros y 4 platas). Llegamos en el momento en que salía del horno un lechón, uno de los platos típicos de la zona, que acompañamos con sus vinos. Recuerdo su rosé de Vischoqueña, un untuoso blanco de Pedro Ximénez y su singani doble destilado.

Al día siguiente, a primera hora, estábamos en la tienda de los Vacaflores en Camargo –hermosa, por cierto–, probando la ratafia, un licor de frutos que se elabora con base de singani, y que los propietarios de la bodega San Francisco preparan con membrillo, manzana, uva y granada. Marcelo hijo es la cuarta generación de Vacaflores que elabora vinos y singanis, y debo decir que su trabajo y el de su padre es no solo sacrificado, sino ejemplar.

No muy lejos de donde se ha instalado el Museo Etno Antropológico del Cinti, que dirige el historiador Benjamín Aramayo probamos un singani con 10 años de añejamiento en barrica y 2 en botellón de vidrio: parecía un Cognac o Whisky de alta gama. Su blanco, que sirven en Central directamente de una damajuana, lo probamos con el taxi esperando en la puerta. Conocer los cinco del Cinti fue toda un gran descubrimiento.

*Periodista

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