Hablar de vivienda es tan complejo como habitarla. Independientemente de la cantidad de personas o del tamaño de la morada, la gran mayoría de nosotros vivimos en un espacio compartido, ya sea con familia, roommates o con pareja. Estas convivencias, para bien o para mal, crean lo que conocemos como hábitos del hogar, que implican definir qué roles juegan cada individuo en el día a día, qué actividades realizan y cómo estas se relacionan entre sí para encontrar el mejor camino hacia el bienestar colectivo.

Bajo esa premisa, la amenaza que hoy representa la pandemia de coronavirus está forzando al ser humano a reinventarse y a idear nuevas formas de no parar y seguir produciendo. Las medidas restrictivas de movilidad y distanciamiento social adoptadas por la mayoría de gobiernos en el mundo, hizo que el hogar pase de ser únicamente el núcleo familiar para descansar y compartir, a ser también el centro de trabajo, el aula del colegio o universidad, el salón del gimnasio, y sorpresivamente, el restaurante. Sin embargo, en esta búsqueda por la «nueva normalidad», volvemos a encontrarnos con dos realidades que hoy más que nunca saltan a la vista: un sector privilegiado que se va dando cuenta que puede hacer todo desde la comodidad del hogar, donde el mayor dilema es buscar el rincón de la casa donde poder realizar estas actividades sin molestar ni ser molestados; y un sector económicamente más golpeado, dónde el problema radica en cómo ganarse el pan de cada día en pleno estado de emergencia y sin poder salir a trabajar, para siquiera poder acceder a una vivienda digna y seguir soñando con algún día tener esos rincones que otros andan buscando. Y debido a la coyuntura actual, ambos casos suponen un cambio en los paradigmas de diseño de la vivienda.

Pero para entender mejor el problema debemos remontarnos a la primera mitad del siglo XX, pocos años después del fin de la Segunda Revolución Industrial, cuando las ciudades experimentaron la internacionalización de la economía mediante la conocida como Primera Globalización, en la que se dieron importantes avances tecnológicos. A pesar de los beneficios que llegaron con la modernización, el acelerado incremento de la densidad poblacional y la creciente formación de barriadas y asentamientos humanos en las periferias, ocasionaron graves problemas de salubridad pública y forzó a arquitectos a empezar a pensar en la racionalización del espacio para producir vivienda más rápido, más eficiente y más económica. Arquitectos como Walter Gropius y Le Corbusier fueron los pioneros del conocido Movimiento Moderno en Europa, que poco después se extendería por el resto del mundo, teniendo en Latinoamérica a Lúcio Costa y Oscar Niemeyer como los máximos exponentes. Para esta forma de pensar la arquitectura, el concepto era simple: en un terreno donde vivía una familia, ahora vivirían veinte, hecho que se logró a partir de la construcción en altura, la industrialización de materiales y la prefabricación de módulos. Fue así que por fin, la accesibilidad a una vivienda digna para personas de escasos recursos se había hecho realidad.

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Fuente: Archdaily

En el Perú, proyectos como la Residencial San Felipe, del renombrado arquitecto Enrique Ciriani, se erigen como los últimos pilares de una vivienda social bien diseñada, donde el habitante tiene todo el equipamiento urbano a un paso de su casa: hospitales, colegios, teatros, centros comerciales y financieros, mercados, y muchos otros servicios a pocos metros de distancia, que hacían innecesarios los desplazamientos largos por la ciudad y que por lo tanto permitían controlar la expansión horizontal que estaban generando los asentamientos humanos en las periferias. Pero con el pasar de los años, la industria inmobiliaria fue convirtiendo el crecimiento vertical de la vivienda en un negocio lucrativo, en el que se ajusta al máximo la cantidad de área libre y prima el costo por metro cuadrado por sobre el bienestar del usuario. Como consecuencia de industrializar la arquitectura y convertirla en un producto estandarizado listo para ser vendido a precios exorbitantes, es que todos estamos forzados a vivir de la misma manera, en espacios reducidos y exactamente iguales, donde se dejó de lado el diseño según las necesidades de las familias, por el diseño según los precios en el mercado. Y prueba de eso son los videos que vemos todos los días en redes sociales de personas moviendo muebles, buscando el mejor ángulo para la videollamada, adaptando como puedan sus hogares para poder hacer las actividades que solían hacer fuera de casa.

Por ello, partiendo de entender la historia y de analizar el contexto que estamos atravesando, es que en las últimas semanas se ha puesto sobre la mesa de debate el futuro incierto al cual se dirige el diseño de la vivienda en el Perú y el mundo. Diversas plataformas digitales especializadas en arquitectura, urbanismo y diseño, están invitando a arquitectos a participar de esta discusión y plantear soluciones a futuro que nos permitan desarrollar una mejor forma de hacer vivienda. Llámese unifamiliar, multifamiliar, vivienda social o autoconstrucción, todas se caracterizan por una puntual y casi insultante carencia: la flexibilidad del espacio.

En el año 2016, se le otorgó al arquitecto chileno Alejandro Aravena el galardón máximo de la arquitectura mundial, el Premio Pritzker, por traer nuevamente al centro de la discusión la importancia de hacer una vivienda social flexible, que mejore la calidad de vida de las personas y que a la vez permita una autoconstrucción controlada. Muestra de este concepto de “Vivienda Progresiva”, es la Quinta Monroy, en Iquique, un conjunto habitacional donde se les entregaba a las familias la mitad de una buena casa construida a un bajo costo, y la otra mitad vacía, dándoles la posibilidad de completarla dentro de un espacio limitado, pero acorde a los gustos, a la situación económica y a las necesidades que la familias vayan adquiriendo en el tiempo. Tal vez así no suene tan descabellado pensar que en el Perú, la vivienda social y la autoconstrucción puedan estar debidamente reglamentadas por las municipalidades.

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Fuente: Plataforma Arquitectura

Por lo tanto, es lógico pensar que una vivienda es funcional en todo sentido, cuando las partes que conforman el todo, cumplen con este principio de flexibilidad. Si bien las relaciones espaciales son sumamente importantes desde la concepción del proyecto para fortalecer las relaciones interpersonales de los usuarios, es necesario ir más allá y trabajar el diseño en una escala menor, a nivel de detalles, no solo por una cuestión estética sino también por salud mental. Desde una perspectiva psicológica, las personas tienden a sentirse más felices, seguras y eficientes, estando en un espacio con el cual se identifican y se sienten a gusto, lo que afecta positivamente en su bienestar emocional y por lo tanto en su desarrollo personal. Es en este punto que la arquitectura y el diseño de interiores deben ir de la mano y ser más accesibles en todos los estratos sociales y asumir un rol más protagónico en la calidad de la nueva vivienda, generando espacios polivalentes para la nueva forma de vivir de la que hoy estamos siendo testigos y a la cual nos estamos adaptando.

RAFAEL FRANCISCO CACHAY FIGUEROA

Rafael Francisco Cachay Figueroa (Piura, 19 de enero de 1992). Bachiller en Arquitectura por la Universidad Ricardo Palma. Integrante del equipo de Villa Experimental y del equipo de la plataforma de entrevistas Sesiones de Arquitectura. Creció en Río de Janeiro, Brasil, y a la edad de 15 años retornó al Perú para culminar los últimos grados de colegio. Durante la etapa universitaria, en el 2015 participó del Concurso Internacional de Ideas «Viewpoint in Pulpit Rock (Norway)», organizado por reTHINK!NG Architecture Competitions, quedando entre los finalistas del certamen. Al siguiente año participó en el Concurso Internacional de Ideas «Carrara Thermal Baths» con una propuesta que hasta el día de hoy sigue siendo compartida en diversas plataformas digitales de arquitectura y diseño; y en el Concurso Internacional de Ideas «A House For», organizado por Opengap (España), en el cual obtuvo una mención honrosa. Una vez egresado de la universidad, en el año 2018 hizo practicas pre-profesionales en Leonmarcial arquitectos, prestigioso estudio peruano de arquitectura. En el año 2019, participa del Concurso de Ideas Calle San Ramón y Pasaje Figari, organizado por la Municipalidad de Miraflores. Asimismo, en el 2019 ha dado charlas y capacitaciones sobre «Diseño de Cocinas» junto a NOVOPAN y Blume. Ha realizado proyectos de diseño que incluye multifamiliares, casas, oficinas, comercios y consultorios, así como remodelaciones e intervenciones paisajísticas.