“El mar me cuenta historias”

Rosamar Corcuera (Lima, 1968) nació con el arte en las venas, y es en la actualidad es una de las artistas plásticas más talentosas. Hija del venerable poeta peruano Arturo Corcuera y hermana del reconocido documentalista Javier Corcuera, Rosamar ha desarrollado su propia carrera artística, exitosa y llena de ese lenguaje poético, del que nos tiene acostumbrado la familia Corcuera. 

Escribe Carlos Omar Amorós

Rosamar estudió dibujo en la Facultad de Artes Plásticas de la Pontificia Universidad Católica del Perú con Cristina Gálvez, y pintura en el taller de Miguel Ángel Cuadros. Ha presentado numerosas exposiciones individuales en Lima y ha participado en diversas muestras colectivas. La artista fue seleccionada para integrar la muestra Iberoamérica Pinta, que se exhibió en museos y galerías de más de veinte países, entre ellos la Casa de América de Madrid (1997), e invitada al Encuentro Internacional de Arte Artifariti, en Sahara Occidental (2008). Además, ha ilustrado Antología General del Cuento Infantil Peruano (2001) de César Toro Montalvo y El Amaru (1998) de Danilo Sánchez Lihón, así como otros textos para Perú Report, Radda Barner, UNESCO y UNICEF. Y claro, ha ilustrado numerosos poemarios de su padre como A bordo del arca (2006. Premio Casa de las Américas), La canción de las letras (2003), El Libro de las Adivinanzas (1997), Declaración de amor o los derechos del niño (1996), y Canto y gemido de la Tierra (1995).

Entorno marino

Rosamar Corcuera se enfoca siempre en el mar cuando realiza su trabajo, ella trata de pensar el por qué, y llega a la conclusión que todo viene de su infancia. Recuerda que acompañaba a su padre a veranear en una casa del balneario de Punta Negra, y el mar siempre era inmenso e interminable para ella, como es igual para todo niño. Además debe estar en la sangre, dice. Su padre nació en el puerto de Salaverry en Trujillo, y en su poesía está presente el mar, y eso también se lo ha transmitido. Así creció con el océano en su subconsciente, imaginando qué habría dentro de ese espacio misterioso, sintiéndolo y escuchándolo como si le contara historias. Y si todo eso no bastase, también nos comenta que tiene una tía coleccionista de caracoles marinos a nivel internacional. Es decir, hubo todo un entorno que después ha salido a relucir en su trabajo, y vino solo.

Trabajo natural

Rosamar hace cerámica con volumen, tipo escultórica; para ella el límite entre cerámica y escultura no existe, no se fija en ello al momento de trabajar. Lo que le gusta más de ella es que le puede poner color, para ello usa óxidos y pigmentos que es lo más parecido a la tierra de color (minerales usados en las pinturas) o al óleo. Su forma de trabajar ha ido cambiando con el tiempo. Lo más usual es que empiece cogiendo el barro y de ahí ver lo que hace, para ella lo más importante es cómo va saliendo. Su trabajo es más instintivo y por lo tanto propio, desde su concepción; pero en ocasiones Corcuera realiza trabajos por encargo, en base a una inspiración suya. Por ejemplo, cuando le piden una guardiana del agua, lo hace en total libertad, pero con la seguridad de que entregará una pieza de arte que conmueva a quien la posee. También crea adornos, cosas más pequeñas, piezas utilitarias, ilustraciones, que le permiten tener otros ingresos. En los últimos tiempos dedica su tiempo a la construcción de elementos relacionados al diseño, como mármoles, es decir, dentro del campo del diseño de interiores, pero siempre con un toque artístico. Mientras que la ilustración se le acomoda una tarea afín a su trabajo, y va enriqueciendo su universo estético.

Impacto sensorial

Le gusta el impacto que puede tener una pieza suya en el público, ya sea positivo o negativo. Le agrada todo tipo de comentarios; claro, lo ideal es que todos sean buenos, pero si hay críticas negativas las toma a bien porque le ayudan a mejorar. “Hay gente que me dice: tus dibujos no me gustan tanto como tu cerámica, o tu cerámica me gusta, pero tus dibujos me encantan”, nos cuenta. Su más grande influencia es el arte de la emblemática Tilsa Tsuchiya, quien era muy amiga de su padre y que desarrolló un lado onírico y fabuloso. Por estos días está elaborando muestras de cerámica en pequeño formato para una próxima exposición, mientras busca galería y postula a una vacante como profesora de arte en un colegio. De algo hay que vivir, nos dice, mientras nosotros sentimos vivir en cada una de sus obras.

 

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