Esa adictiva violeta

En todos estos años hemos visto al malbec en diferentes escenarios, quizás algunos forzados y otros donde mejor se acomoda. Estos estilos con los que se le vistió se rigen claramente por modas,  momentos y filosofías de enólogo. Pero hoy, creo, la propuesta es clara: fruta, fruta y más fruta. Y esto lo hace más complejo aún, ya que al dejar que la expresión propia de la cepa nos hable por sí misma, podemos entenderla por el terroir, pues la fruta arrastra ello, cosa que la madera tapa con sus notas muy marcadas. Por ello los enólogos que rigen los destinos del vino argentino, en su mayoría jóvenes, andan explorando con mayor ahínco en los viñedos y en la vinificación, en maceraciones y extracciones, en fermentaciones y en levaduras, dejando al roble solo para darle el toque final sin que su presencia sea invasiva, sino que acompañe. Esto generó, a mi modo de ver, que el malbec coja otro semblante y con una perspectiva mucho más interesante mirando hacia el futuro.

Siendo un poco infidente, algunos amigos enólogos chilenos pensaban (y piensan) que el malbec había alcanzado su techo porque ya no tenía más que decir, cosa errada por los motivos que expongo líneas arriba. Bajo esta nueva realidad de venderla al mundo, las posibilidades son infinitas. Y fue por esto que me reenganché con el malbec. La sencillez denota una complejidad tácita. Ese es el sello actual. Encuentras etiquetas de buen cuerpo, estructura sólida, acidez justa y taninos que refrescan la boca. Lograr ese punto no es sencillo. Son vinos pensados. Y los puedes encontrar de distintas zonas, nada es horizontal, como los del sur, los patagónicos, que puedes pensar que son ligeros por la frescura del clima pero se presentan con buen sabor y vivaces. Siguen con su acidez puntiaguda al final como ADN local. O los de altura; se me viene a la mente alguno de Pedernal, que son más expresivos, fibrosos, herbales, notas distintas de lo habitual, esto por el frío y las condiciones de la zona.

Otro ejemplo son los salteños, marcados, unos fisicoculturistas, algo nerviosos en la acidez, eso sí, pero con un poquito de barrica le arrancas una sonrisa. No podía dejar de mencionar a los Uco. Sus suelos calcáreos logran ese equilibrio entre la acidez y la estructura. Y así hay varios. Antes de terminar cabe mencionar un poquito de historia de esta cepa, para ello quiero citar a Diego Di Giacommo, un colega argentino que realizó una investigación muy seria con respecto al malbec que merece ser compartida. “El malbec forma parte del reino de las Cots, que se caracterizan por ser uvas con gran carga colorante, donde también está la tannat y la petit verdot.

La primera versión sugiere que las Cots ingresaron a Francia procedentes de Italia, expandidas por el Imperio Romano. La segunda versión las ubica como nativas de las zonas costeras franco-alemanas del río Rhin. Y finalmente, la tercera indica que su cuna fue la antigua provincia francesa de Quercy, muy cerca de Cahors, vecina a los Pirineos, en el sudoeste de Francia. En 1853 el malbec llega a Argentina de la mano de Michel Aimé Pouget para la Quinta Agronómica de Mendoza. Pouget notó que la uva se adaptaba particularmente bien a los terruños de Mendoza, y que sus resultados eran superiores a los que se obtenían en Francia, donde últimamente era utilizada en pequeños porcentajes en los cortes para darle mayor carga cromática a los vinos.

La malbec debe su nombre a un viverista húngaro de apellido Malbek o Malbeck (con k final), que fue uno de los primeros en identificarla por separado y esparcirla en Francia en la zona de Cahors, para posteriormente ser llevada a Burdeos, donde se la conoce también como Auxerrois. Luego se deformó el nombre Malbek, reemplazando la “k” por la “c”, aludiendo posiblemente a una palabra similar en francés que significa “mal pico”, a raíz del sabor áspero y amargo que entregaba esta uva en esa región”. Ahora, cuando bebas un malbec, ya sabes qué contar.

John Santa Cruz Manco
Director

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