La ciencia de la pintura de Carranza

José Luis Carranza Gonzalez, se inició de niño en las ciencias naturales sin tener la idea que algún día, iba a ser pintor. Sin embargo, siempre tuvo la práctica del dibujo como un oficio paralelo a las ciencias. Lo que le gustaba hacer era clasificar especímenes, es decir la plasmación del mundo natural para su comprensión. Se preguntarán qué tiene que ver toda esta introducción con los inmensos ojos que se salen de los rostros sin piel de los cuadros de Carranza, características indelebles de su pintura. Según su propia explicación, esa particularidad es una justa consecuencia de sus estudios anatómicos, de los cuales guarda un gran recuerdo.

“Cuando empiezo a pintar esos rostros parto siempre de las cuencas oculares, luego el resto se va expandiendo como si fueran unos líquenes o unas algas que van invadiendo todo el cuadro, pero siempre parten del globo ocular”, nos explica firmemente Carranza sobre la forma en que plasma sus famosos ojos.

Una cosa curiosa sobre esta práctica es que al principio no se daba cuenta que muchos de sus personajes no tenían párpados, así como tampoco todos los tejidos que rodean al globo ocular. Llegó, entonces, a la conclusión que esto se debe a un origen político de vigilia constante, es decir, por el hecho de dormir poco. Según él, los que duermen pocos viven en un estado extraño, siempre de alerta. Es por esto que, sus personajes, han sido privados del sueño, pero esa es solo una de sus tantas teorías para describir su arte, o quizá sean simplemente reflejos de sus estudios anatómicos.

-Tu padre, además de inculcarte su amor por las ciencias, era pastor protestante, ¿esta condición cómo influyó en tu vida? 

De forma intensa y lógica, siendo el hijo único y varón de un pastor tenía que estar preparado para cualquier cosa. Tengo una formación protestante, toda mi primera infancia estuvo colmada de una fe desbordante, “hablaba con Dios” –aunque actualmente ya ha perdido esa fe-. Pero, toda esa formación inicial, conducía a mi bautizo de los 14 años. Sin embargo, a esa edad decidí abandonar la religión y todo tipo de ambición por ser científico. Es en ese momento que abrazo a la pintura como única columna vertebral en mi vida.

-¿Qué descubriste en la pintura?                                                                                                           Me di cuenta que toda mi vida había dibujado y no había sido consciente hasta ese entonces de que podía ser mi oficio. Es como cuando uno se pregunta por qué un animal pertenece a un determinado hábitat. La pintura me permitió responder una serie de preguntas que se presentaban ante mí, y yo trataba de resolver mis enigmas dibujando. Sin embargo, hasta ese momento, solo había dibujado pero nunca pintado, por lo que no comprendía el uso del color, fue desde ahí que empecé a experimentar con esto.

-¿Cómo formaste tu propio estilo en la Escuela de Bellas Artes?

Ingresé a Bellas Artes a los 19 años, y para mí el color era todo un misterio. Es por esto que empecé a ensayar múltiples formas de su uso. Al inicio tuve que aprender el oficio de la pintura de la manera tradicional, y lo que me atrajo de esta etapa fue el aspecto artesanal de la misma. En cuanto al estilo, es como una huella digital, simplemente es algo innegable en ti y se va desarrollando de manera natural, partiendo de lo académico, lógicamente. Pero, contrariamente a lo que muchos condiscípulos de estudios pretendieron, que fue lograr un estilo prematuramente, yo preferí recorrer el camino del aprendizaje de una forma más anónima… la humildad del artesano.

-¿Cómo clasifica el arte de José Luis Carranza?

Difícil decirlo, porque muchas veces de eso se encargan los teóricos y los historiadores, incluso hasta puedo pensar que mi arte no existe, porque todavía estoy vivo, será la historia quien me juzgue y diga si en verdad lo que hago es arte. Lo que sí es cierto es que me han dicho de todo: impresionista, surrealista, expresionista, barroco, en fin. Yo creo que mis orígenes son más legibles. Es decir, mis fuentes están allí, parto mucho de la observación de la obra de los grandes maestros de la pintura occidental, (como los franceses Gustave Caillebotte o Claude Monet), los del barroco español que me interesa de sobremanera, del expresionismo alemán hasta de fórmulas contemporáneas que se dan de forma aislada cada cierto tiempo.

-¿Cómo empiezas a crear?

Casi siempre trabajo con imágenes que aparecen como en una galería instantánea en la mente. Tengo como una especie de iluminación, por decirlo de alguna manera. A veces se me aparece una imagen de forma abrupta, pero de manera muy vívida, luego, voy de frente al lienzo en blanco y me pongo a trabajar en ello. Trato de evitar los bocetos porque siento que me entorpecen y empiezo a dibujar de frente en el lienzo. Entonces, hay una especie de dictado mental, un dictado que se va dando sobre el lienzo y que puede durar una semana o semana y media.

-¿Qué ha estado haciendo José Luis Carranza en los últimos meses?

En noviembre del año pasado presenté  una exposición bi-personal junto con el artista plástico Jairo Robinson en el Museo de Arte Contemporáneo del Cusco. -En los cuadros que expuso Carranza sobresalían selvas frondosas, seres mitológicos, y animales salvajes-. Y para estos meses expondré grandes lienzos en una exposición individual en Bogotá, Colombia. Paralelamente a esos grandes trabajos siempre ando dibujando cuadros, pero así cómo puedo hacer una gran serie puedo terminar destruyéndolas.

-Pareces ser muy estricto con lo que haces…

Sí pues, si un cuadro no me gusta tengo que destruirlo, no puede salir del estudio de ninguna forma porque es un cuadro con algún tipo de anomalía, porque siento que tiene alguna malformación y puede ser vulnerable; si es así entonces hay que destruirlo. Esto puede hacer que merme la cantidad de obras ya que yo trabajo bastante, pero si a eso le restamos la cantidad de hijos caídos, la cantidad disminuye. Me parece muy divertido destruir algo que uno ha hecho. No creo en los repintes, no creo en nada de eso, no me interesa repintar un cuadro, porque las costras que quedan en el lienzo me acusan.

El mundo de Carranza se refleja en aquel lienzo que deja de ser blanco para mostrarnos su percepción de la vida con dioses del olimpo que danzan en el cielo que más parece un infierno. Dioses que, en realidad, son ángeles caídos y viven en un ambiente condenatorio que deriva muchas veces en la muerte, porque para él ésta resulta ser muy humillante, ya que al verla (al ver a un ser querido muerto) tiende a preguntarse a dónde se fue la belleza de la piel humana. Por eso, la pintura de Carranza es una especie de tejido de colores y sensaciones que nos devuelve a la vida. Una especie de trance sobrenatural.

Escrtibe Carlos Amorós / Periodista.

No Comments Yet

Leave a Reply

Your email address will not be published.