Según el diccionario de la Real Academia Española, la palabra endémico se define como “propio y exclusivo de determinadas localidades o regiones”. En ese sentido, y teniendo al endemismo como criterio de análisis fundamental, el World Conservation Monitoring Centre, perteneciente al UN Environment Programme (UNEP-WCMC), ha reconocido a 17 países como megadiversos, entre los cuales figuran Brasil, China, Estados Unidos, Madagascar, Australia, México y Perú. La idea de este ranking era demostrar cómo un reducido número de países posee la mayor proporción de la diversidad global, lo cual conlleva una gran responsabilidad política de cada gobierno para el mantenimiento y conservación de la diversidad de sus territorios. El caso peruano es bastante significativo, pues además de tener gran parte de la variedad de zonas de vida (84 de 117) y microclimas (28 de 32) que hay en el mundo, somos dueños también de la cuarta mayor superficie de bosques tropicales existentes, y de 25 mil especies de plantas identificadas que representan el 10% del total mundial. De esas especies, el 30% son endémicas, es decir, propias de nuestro país. Asimismo, el Perú posee 3,500 variedades de papa, ubicándose como la mayor diversidad del tubérculo andino en el mundo, según el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (SERNANP).

Dicho esto, resulta lógico pensar que un país con semejante acervo botánico, debería contar con espacios de exhibición, información y educación sobre el enorme bagaje biológico que poseemos. Pero insertar naturaleza en el entorno urbano no es una tarea fácil y requiere voluntad política, una fuerte inversión económica, grandes cantidades de superficie, planificación urbana y arquitectónica, y sobretodo tiempo, si lo que se busca es generar un impacto de grandes proporciones. A diferencia de los zoológicos convencionales que mantienen animales en cautiverio y los exponen al estrés de recibir miles de visitantes al día perjudicando su salud, los jardines botánicos tienen características que repercuten positivamente en todos los aspectos que abarcan: en lo social, son lugares de esparcimiento, de contacto con la naturaleza, que brindan también actividades de recreación para la familia y para el público en general; en educación, no solamente brindan capacitaciones y cursos a especialistas, jardineros y estudiantes, sino también fomentan la educación ecológica y ambiental a través de programas pedagógicos para formar generaciones más comprometidas con el medio ambiente; en economía, además de ser potenciales candidatos a convertirse en puntos turísticos, también generan nuevos empleos y atraen nuevos usos comerciales en los alrededores, y dependiendo de su ubicación, pueden incrementar el valor de las viviendas aledañas; en la ciencia, los programas de investigación de un jardín botánico permiten expandir el conocimiento de la flora nacional y exótica, no sólo para fines académicos sino también para usos alimenticios, médicos y farmacéuticos; en salud, actúan como pulmones urbanos, y los beneficios en la calidad del aire se ven reflejados en la disminución de CO2, mejorando la calidad de vida del habitante local; y finalmente en lo ambiental, son entidades que se suman a los esfuerzos por la conservación de la biodiversidad nacional y global, así como a la lucha contra el cambio climático.

Sin ir muy lejos, las grandes ciudades de Latinoamérica como Buenos Aires, Rio de Janeiro, Medellín, Viña del Mar y Quito, cuentan con uno o más jardines botánicos de medianas y grandes proporciones. Ni qué decir de México, que a lo largo del tiempo ha construido una enorme y envidiable red nacional de jardines botánicos, esparcidos por todo su territorio. En el Perú, el jardín botánico más visitado es el que se ubica dentro de los límites del emblemático Zoológico Parque de las Leyendas, en Lima. El proyecto botánico empezó a ser concebido por el Dr. Guillermo Pino en la década del 90, siendo inaugurado recién en el año 2002, y a pesar de los reconocidos esfuerzos por mantener un programa de investigación y conservación, solamente la mitad de sus cortas 4.7 hectáreas de superficie están abiertas al público, debido, entre otras razones, a la dependencia económica y política de la dirección del zoológico, cuya prioridad claramente son los animales.

Sin embargo, hace ya algunos años, se inició un movimiento liderado por María Angélica Matarazzo de Benavides, una mujer brasileña nonagenaria, historiadora y antropóloga, que desde su llegada al Perú en 1943, sueña con algún día ver en Lima un verdadero jardín botánico que haga honor a la megadiversidad peruana ya reconocida internacionalmente. Hoy en día, el movimiento se convirtió en el Grupo Pro Jardín Botánico Nacional de Lima (JBNL), que reúne a destacados especialistas e interesados en hacer realidad el sueño de María Angélica, y que suman esfuerzos junto al Concytec y al Botanic Gardens Conservation International (BGCI) de Londres, para darle a Lima el proyecto que tanto merece. A pesar de su avanzada edad, María Angélica Matarazzo sigue inspirando a muchos, y me incluyo, a seguir manteniendo vivo su legado, sin importar el tiempo que tome hacerlo realidad, y haciendo honor a lo que alguna vez Elton Trueblood dijo:

“Cuando alguien siembra árboles bajo cuya sombra sabe que no se va a sentar, es porque entendió el verdadero sentido de la vida”