Reinvención chilena

Chile se ha convertido, sin lugar a dudas, en uno de los polos vitivinícolas más importantes e  interesantes del planeta, dejando de ser el célebre referente en lo que es el carmenere. En los últimos 5 años viene dando paso a nuevos y liberadores conceptos. Una mirada analítica.

Esta es la manera en que Chile viene afianzando variedades poco convencionales a terroirs específicos. Su excepcional capacidad de reinventarse es lo que viene captando la atención de todos los allegados al mundo del vino. En ese sentido, los chilenos buscan como país productor desarrollar nuevos conceptos y encontrar abanderados para su viticultura. Variedades poco convencionales como la carignan o la cinsault, la ahora tan mentada cepa país, y en algunos casos blends al más puro estilo de denominaciones de origen francesas, como Gigondas o Vacqueras (grenache, syrah y mourvedre), vienen cobrando protagonismo. Todo esto de la mano de un exhaustivo estudio enológico que pretende conseguir la mejor expresión en términos de terroir para cada variedad.

Nuevas e innovadoras tecnologías, como el biodinamismo y el cultivo orgánico son figuras recurrentes en muchas bodegas, presenta un Chile moderno, que muestra al mundo una versatilidad fantástica, siempre a la vanguardia de lo que viene aconteciendo en la industria de la viticultura y la enología. Buscando ser testigo de esto, emprendí un viaje al vecino país del sur donde mi premisa era conocer de primera mano la revolución que se viene gestando en sus distintos valles. Así encontré convicciones menos restrictas, valorando mucho más sus raíces. El más fiel reflejo de esto último es seguramente la asociación de productores de carignan, denominada Vigno.

 

Parte de la gama de vinos de Vigno.

Esta agrupación reúne a los productores de la variedad carignan en el área del secano interior del Maule, una de las 15 regiones que divide Chile, ubicada geográficamente entre los paralelos 34º y 36° latitud sur, a 250 kilómetros al sur de la Santiago. Producen vinos elaborados de esta variedad, plantada en los años 40 con la intención de incrementar los volúmenes de producción de aquel momento. Durante la segunda mitad del siglo XX fue muy poco apreciada debido al auge de las variedades bordelesas y al rescate de la carmenere. Hoy Vigno cuenta con 15 viticultores, entre ellos algunas bodegas representativas como Odfjell, Lapostolle, Morandé, Undurraga, Valdivieso, De Martino y Miguel Torres, entre otros.

Viñedos de carignan.

Vigno persigue la posibilidad de convertirse en denominación de origen estableciendo una normativa para sus productores asociados. Por ejemplo, el cepaje, tiene que sobresalir el carignan con un mínimo de 65%. El restante podrá ser dispuesto por el enólogo. Las vides deberán estar injertadas sobre la cepa país u otras vides antiguas. La edad de las plantas tienen que tener 30 años como mínimo. El sistema de irrigación es sin riego (secano), únicamente lo que provee la pluviometría local que, en este caso, con lo poco que llueve en el Maule, se consigue un rendimiento bastante bajo consiguiendo alta concentración en términos de colores aromas y sabores.

El sistema de conducción es en cabeza (vaso o Gobelet). El 100% del vino debe provenir de la zona del Maule. La guarda mínima tendrá que ser de 24 meses de crianza en barrica y/o en botella. Con estas condiciones, Vigno espera poner en el mapa los descriptores y características típicas del carignan del secano interior del Maule. Primer paso para que el Estado reconozca ésta como una denominación de origen. Los vinos elaborados a base de carignan en el Maule son por antonomasia vinos rústicos, en el buen sentido de la palabra, tintos que adquieren fácilmente notas de bosque bajo u hongos, ensamblados con descriptores florales como violetas, lavanda o rosas; la fruta es marcadamente negra encontrando en muchos casos cassis, moras y cerezas negras, habitualmente bastante madura o incluso cocida. El cuerpo es medio, con taninos marcados. Los sabores en boca se muestran terrosos con la fruta licorosa de con un retrogusto floral.

Por otro lado está Movi, en esencia viticultura y enología libre. Bodegas pequeñas y algunas no tanto, absolutamente ajenas a los criterios de conglomerados comerciales. El Movi (o Movimiento de viñateros independientes), consigna entre sus filas 18 vitivinicultores con una notable armonía entre ciencia y arte, comprometidos únicamente con producir lo mejor que la tierra les provee. En pocas palabras “pasión pura”. Es ese tipo de cofradías donde son recurrentes las historias de personas que dejaron todo en sus países para buscar en el planeta un lugar dónde plasmar el sueño de transcurrir sus vidas haciendo vino. La primera de estas bodegas en el recorrido fue Viña Tunquén, proyecto de un matrimonio brasileños Marcos Atilio y Ángela Mochi, que dejaron todo lo que habían consolidado en su país para transcurrir sus días elaborando vinos en la región de Casablanca. Vinos de un marcado carácter costero con el característico viento del terroir de este valle. Tierra de blancos y tintos ligeros, todos ellos muy frescos.

Viña Tunquén produce un soberbio sauvignon blanc, bastante mineral con fruta tropical muy bien integrada con el carácter piracinico (descriptor de vegetales tales como pimiento verde o esparrago, en algunos casos), fue uno de los mejores blancos de todo el viaje. Sus menos de 3000 botellas al año dan cuenta de lo que ellos denominan “vinos hechos a escala humana”. Además producen syrah y pinot noir típico en la región. La segunda parada de nuestro recorrido, hablando de bodegas de Movi, fue Viña von Siebenthal. Es el proyecto de Mauro von Siebenthal, un ex abogado suizo asentado en el valle del Aconcagua, área de suelos diversos con carga aluvial (deposito sedimentario producto del paso de cuerpos de agua), donde se adaptó la merlot y el cabernet franc. Sus viñas también reposan sobre un suelo coluvial (producto de la erosión o la gravedad con una característica mucho más rocosa –angular- debido a la desintegración de la montaña) en la base de las laderas, donde hallamos cabernet sauvignon, petit verdot, syrah y carmenere. Es de esta última variedad que se vinifica el que tal vez sea uno de los vinos más sorprendentes de todo el viaje. Es un 90% carmenere, 10% petit verdot, llamado Tatay de Cristóbal, vino ícono de la bodega, el que tuvimos el privilegio de probar directamente de la barrica. Estructurado, potente y complejo, todo un ícono.

Marcos Atilio y Angela Mochi, de Viña Tunquen.

Mauro también vinifica viognier, dos blends de estilo bordelés como el Parcela #7, nombre de las primeras 10 hectáreas que planto, y el Montelig. Tienen entre sus etiquetas, además, un syrah con un descriptor que recuerda al romero y la salvia, denominado Carabantes, en honor a Francisco de Carabantes, quien introdujo las primeras vides a Sudamérica. Este syrah es todo un best buy que por suerte se puede conseguir en el Perú. La bodega tiene una historia fascinante. En 1998 se da inicio al proyecto con la colaboración de 4 amigos y sembrando 10 hectáreas en la zona de Panquehue, procurando emular la personalidad de los vinos de Burdeos. Sus vinos cuentan con un carácter que difiere mucho con el estilo al que el nuevo mundo en general nos tiene acostumbrados: fruta fresca, buena acidez y taninos firmes marcan su estilo de vinificación.

Luego visitamos Viña Peumayen en Aconcagua, es un proyecto familiar de la familia Carevic. Recinto pequeño, intima y artesanal, detalle que no influye en su trabajo a nivel enológico, que es de igual manera impecable. Francisco Carevic nos cuenta que en el viñedo de Peumayen se trabaja con distintas variedades, pero además vienen adaptando clones de las mismas con resultados diversos. La idea de esto es obtener la mejor tipicidad y sanidad del viñedo. Tienen clones que son más resistentes a una u otra condición, es decir, en la viña pueden encontrar dos clones de syrah distintos, cada uno con sus propios descriptores. Emplean uno u otro en función al estilo de vino que quieran elaborar.

Peumayen en mapuche significa “lugar soñado”. Es una viña donde todo se hace de manera manual, comparten las funciones todo y cada uno de los miembros de la familia. Sus vinos tienen carga frutal, son jóvenes, muy expresivos y francos. Elaboran carmenere, cabernet sauvignon, un syrah muy floral y finalmente un corte denominado entre robles. Asimismo visitamos Polkura en Colchagua. Al estar en sus tierras nos dio la impresión como si una pequeña sección del valle del Ródano se hubiese depositado en Marchigue, localidad ubicada a 180 kilómetros al sur oeste de Santiago. En estas tierras Sven Bruchfeld ubica el mejor terroir para desarrollar algo que él tenía claro desde hace ya algún tiempo, un syrah en su más pura expresión. Variedad de la que se enamoró probando vinos de estilo mediterráneo al sur de Francia. No nos sorprendió en absoluto ver que en sus viñedos sobre arcilla amarilla, existan pendientes y  laderas con una primera capa de rocas grandes, bastante parecidas a las del sur del valle francés, en donde se produjeran cortes de syrah, grenache y mourvedre, típico blend del famoso valle galo llamado G, S, M+T. La te es de tempranillo que se ensambla en pequeñas cantidades con las otras tres.

Sven Brutchfeld, de Polkura.

Ricardo Escandón, enólogo de la bodega, nos ofreció un sauvignon blanc con crianza en lías durante la visita. Este proceso contempla la crianza del vino en levaduras muertas post fermentación, crianza que le confiere un carácter untuoso en boca, además de una nariz compleja. Hablando de la sauvignon blanc en especial, este proceso se debe trabajar con extrema delicadeza ya que la fruta tropical y fresca, muy apreciada y típica de esta variedad, se ve fácilmente opacada por las lías y su aroma a levaduras (carácter autolítico). En este caso estaba integrada a la perfección. Ricardo comenta que la vinificación de su syrah se hace con algo de viognier, variedad blanca muy perfumada, también típica del Ródano. La costumbre de vinificar vino blanco con tinto es algo habitual en las denominaciones de origen de dicho valle. Se cofermentan variedades blancas y tintas en una sola cuba.

Polkura elabora este syrah muy floral, bastante especiado, con fruta fresca, obteniendo un vino elegante y complejo. Ya me había adelantado un colega local que tal vez Polkura esté haciendo uno de los mejores syrah del país y, en su estilo, seguro que sí lo es. Antes de irnos y luego de escalar muchas laderas, Ricardo nos invitó a probar directamente de las barricas su última creación: un vino hecho a partir de uvas del viñedo en pendiente más alto de toda la montaña. Este viñedo se conduce de manera vertical y se mantiene en condición de secano, en la cual se prescinde del riego procurando un estrés hídrico intenso, con lo cual el rendimiento por hectárea se reduce, pero la concentración es máxima. Sólo tengo una palabra para describir lo que probamos de ese viñedo: excepcional, aún sin etiqueta ni nombre, pero seguro dará mucho de qué hablar .

Claro está que Chile puede mostrar que producir prácticamente cualquier variedad. Diversidad de microclimas, suelos e influencias, hacen de este un país muy diverso en términos de terroir, donde las posibilidades son infinitas. Esto, sumado a su interés de mantenerse a la vanguardia de la tecnología, que hace que hayamos visto fermentación en huevos de concreto o viñas enteramente biodinámicas. Lo bueno (para nosotros consumidores, y sommeliers, más que para cualquiera) es que los viticultores y enólogos vuelven a los orígenes de la enología, con más pasión y algo de arte mucho más arraigado a sus principios. Este viaje no hubiera sido posible sin el apoyo de Felipe Avendaño, sommelier chileno, y Andrea Aristizábal.

Escribe Diego Cruz Gates

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