Un músico sin fronteras

Para algunos es considerado como el Gastón Acurio de la música peruana. Sin embargo, Lucho Quequezana no lo cree así, y sólo encuentra una similitud en esta comparación. Prefiere que lo cataloguen como un soñador. Esta es su historia.

Los primeros años de Lucho Quequezana fueron normales y comunes para él. En la escuela del Rímac en la que estudiaba nunca sintió esa conexión con la música de la que vive hoy. Según sus propias palabras a veces se sentía negado para la misma, creía no tener ritmo y no poder disfrutar nunca de las maravillas que la música podía ofrecer. El paso de los años y un cuadro agudo de asma diagnosticado en su hermano, hicieron que su familia decida viajar a Huancayo por recomendación del doctor en pleno apogeo del terrorismo. Así, la familia Quequezana Jaimes emprendía un viaje a un nuevo hogar. El pequeño Lucho, con tan solo 11 años, sintió el golpe del cambio.

Aquel fantasma del terrorismo que veía en los noticieros de la ahora lejana Lima se volvía real, palpable, eran épocas de terror. Si bien es cierto Huancayo era un foco rojo del terrorismo, hubo algo que impacto bastante a Quequezana. A pesar del constante miedo y de las épocas de angustia que se vivían, la población mantenía la alegría. Esa esperanza que sólo las festividades y la música podían entregar cada domingo por la mañana. Quequezana considera este viaje como un determinante de lo que es ahora, y que le sirvió para tomar una vertiente más peruana. Los días en la escuela también eran raros y no fue hasta que, cierto día, al ver que todos sus compañeros de salón tocaban instrumentos (y lo excluían por ser limeño), decidió empezar por su cuenta con la zampoña. “Me excluía todos los recreos, soplando y soplando hasta que en uno de esos días logré dominar a modo muy básico este instrumento tan hermoso y de sonido dulce”, nos cuenta. De esta manera sintió cómo la música le abría puertas y se convencía que la misma era un integrador por excelencia.

El viaje duró solo un año, y al entrante estaba de vuelta en el Rímac, su barrio de toda la vida, aquel en el que había jugado de pequeño y que, después del periplo, sentía tan extraño y tan impropio, tan vacío y distinto. Decidió entonces llevar la zampoña a la escuela y percibía que no encajaba allí (era rarísimo ver elementos andinos en Lima en esa época), pero a pesar de todo logró integrar este instrumento en la vida de sus compañeros y, enviciado con la zampoña, formó su primer grupo: Kuntur Wasi. El paso de los años, la constante práctica y el descubrimiento de nuevos instrumentos, hicieron que Lucho empezara a componer temas propios con tan solo trece años, integrando los sonidos de charango, quenas, zampoñas y flautas. Mucho tiempo después estudiaría dirección de cine y se dedicaría de lleno a la música.

Después de un largo tiempo estudiando y coqueteando con acordes de todas partes del Perú, Luis se enamoró de la música peruana por completo, la amaba y sabía que tenía que compartirla. Sabía muy dentro de él que debía hacer algo por mostrarla (tal como lo hizo de pequeño en su regreso al Rímac) y empezó a componer, fusionando, creyendo en nuestras raíces y sabiendo que nunca lo irían a pasar en las radios. Quequezana consideraba que la música local tenía todo para triunfar y decidió luchar por eso, unir los géneros y eliminar las barreras. “La música peruana es la música que hace el peruano, sea chicha, rock o cumbia. Cuando se logre cohesionar todo eso y dejen de decir esto es una banda de rock, de tal o cuál, empezará el auge de nuestra amada música”, de esta manera lanzó Kuntur.

Para Quequezana, Kuntur es su primer hijo, sus primeros recuerdos de Huancayo, escuchar el sonido del río, ver a los cóndores sobrevolar los campos, recordar también esos primeros años de escuela, aquellas festividades de los domingos, la alegría que solo la naturaleza te puede dar y la tranquilidad de la misma, esa vertiente peruana y andina en sus tempranos días musicales. Es esta identidad del álbum la que lo convirtió en un éxito rotundo de ventas, posicionándolo como el disco más vendido en el Perú en el año 2011. Según las palabras de Lucho, la notoriedad de este material se debió al despertar de los peruanos en el sentido de nacionalismo. “El peruano está aceptando felizmente ser mestizo, la gastronomía y ahora la música lograron lo imposible”, añade..

Antes del éxito de Kuntur, Lucho Quequezana vivió una de las experiencias que más alegría, satisfacción y sentimiento de realización personal le trajo. En el 2005 una beca de la UNESCO hizo posible uno de los sueños que siempre había tenido. Sentía cómo las puertas a ese imposible pensamiento de compartir la música peruana se abrían. De esta manera llegó Sonidos Vivos, el proyecto con el que logró recorrer varias partes del mundo y unificar la música de la manera en la que él creía mejor, logrando que músicos de distintas partes del planeta puedan entrenarse en los ritmos rojiblancos y enamorarse, así como él, de los compases incas y de todo lo que representaba. Sabía que la música era algo tan genial que debía compartirse sí o sí. “Es una sensación mágica cuando escuchas el sonido de las quenas y las zampoñas; y te preguntas ¿cómo es posible que nadie la conozca?”.

Junto a su conjunto en el Teatro Nacional.

El proyecto permitió, finalmente, que siete músicos de distintas partes del mundo y Lucho Quequezana empiecen con una serie de conciertos por diferentes ciudades. Cada fecha era una historia distinta, una experiencia especial y un momento para conocer diferentes costumbres del mundo. Todos encantadísimos por los bemoles sudamericanos; para Lucho el éxito del proyecto radicó también entre la similitud entre lo andino y lo asiático, y en la conexión que consiguió con todos los integrantes del proyecto. Gracias a Sonidos vivos logró convencerse de que la música es universal. “Hasta antes de Sonidos vivos esa idea me parecía un cliché, un pensamiento romántico, pero después del éxito del proyecto y de todo lo vivido, me comí todas mis palabras. Era genial ver cómo no entendía nada de lo que decía Huu Bac (músico vietnamita integrante del proyecto) pero, una vez que él empezaba a tocar el dan bau (instrumento originario vietnamita), sentíamos ambos el poder de la música, nos conocíamos y utilizábamos ese medio para fortalecer nuestra amistad”.

 Luego de la serie de giras que realizó con los músicos del proyecto, presentó tras varios años el disco Combi, que no era más que la unión y la realidad del mestizaje en el Perú.

Consiguió, además, demostrar que para que a la gente le guste la música nuestra solo hacía falta escucharla. Otra de los grandes proyectos de Lucho Quequezana es el programa que conduce para un canal de cable, es así como se inicia en la televisión con Prueba de sonido, que en palabras del mismo Luis es un programa de música dirigido a un público que mayormente no es músico. “Parto de las preguntas que se haría cualquier persona, cuestionamientos sencillos y trato de usar términos simples para que todos entiendan”. Luego de la serie de giras que realizó con los músicos del proyecto, presentó tras varios años el disco Combi, que no era más que la unión y la realidad del mestizaje en el Perú. Ese espacio donde todas las sangres se pueden juntar, donde se encuentran y ven la misma ruta, el mismo camino.

Combi es un disco bastante evolucionado respecto a Kuntur, debido al proyecto Sonidos Vivos. Los cinco años que duraron las giras hicieron que el último álbum de Quequezana sea en definitiva otro, integrando nuevos géneros y fusionando tradiciones y culturas. Lucho tuvo un gran éxito de ventas con este disco, las redes sociales le permitieron convocar a una multitud para que puedan participar en uno de los temas (quizá el más querido por los oyentes), Ruta pirata, de esta manera cientos de voces se unieron al mágico sonido de Quequezana y sentían lo que él quería trasmitir: que la música no es de nadie y que sí se puede compartir algo que no es de nadie. ¿Por qué no hacerlo? Para Lucho, cualquiera puede acercarse a la música, disfrutarla y compartirla, no existen barreras, todos pueden tocar y disfrutar del placer musical y vaya que lo logró.

Lucho es un soñador, un músico con alma de niño que cada que ve un instrumento nuevo empieza a descubrirlo por cuenta propia. De esa manera logró dominar más de 25. No se considera un gran performer, ni mucho menos el mejor músico que pueda existir. Toca para descubrir qué colores y texturas puede conseguir con la música, para recordar sus primeros años, para unirnos a través de los sonidos, para romper las barreras musicales y para contarle a todo el mundo que la música peruana es la mejor que pueda existir.

Escribe Juan Carlos Mejía

 

 

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