¡Vamos, Perú!

Por Gabriel Rimachi Sialer

Para los que nacimos a mediados de la década del 70, la imagen de la selección peruana de fútbol en un mundial se presenta entre brumas, entre Naranjito y Sport Billy, confundidos; entre calcomanías que se ponían bajo un chorro de agua para luego retirarlas y, con mucho cuidado, pegarlas sobre la piel o el frigidaire. Allí estaban Cueto, Velásquez, Barbadillo…, allí el último álbum Panini donde aparecía la selección en pleno y luego la foto de cada uno de los jugadores. Allí la derrota y la eliminación que no se entendía bien. El recuerdo de mis padres y mis tíos mirando el televisor, reunidos en casa de mi abuela, emocionados, y luego las caras tristes y a pensar en otras cosas y a empezar a olvidar los álbumes llenos de otras selecciones, de otros países, de otros ganadores, de otros goles felices. Mi papá nos contaba que, cuando Perú había participado en los mundiales que él había visto (México 70, Argentina 78, España 82), la sola idea de estar ahí, en un mundial, hacía que las personas se volcaran a las calles con los polos de la selección, con las banderas agitadas al viento, y uno podía escuchar a la gente cantar el himno nacional con la mano en el pecho, de pie en cualquier parque, frente a una tienda de televisores, en un bar, alrededor de una radio en la calle, con el corazón agitado, los ojos brillando y la esperanza puesta ahí, durante 90 minutos.

Eso contaba mi papá una vez cada cuatro años a partir de 1986, como para mantener en nuestras cabezas la idea de que la emoción no se olvida, se abriga en el corazón, como la esperanza. Y entonces nuestra selección empezó a caer una y otra y otra y otra vez. Hasta que dejó de importar, y los compañeros del colegio empezaron a hinchar por Alemania o Argentina o Brasil o España o Italia o lo que fuera, menos por Perú. Y sin embargo mi papá nos decía que alguna vez volvería a suceder, y que entonces íbamos a salir todos juntos por las calles, con mi mamá y mis hermanas, como él lo había hecho con mi abuelo, mi abuela y mis tíos, y que ahí, recién entonces, íbamos a entender esa alegría intensa, esa emoción que agua los ojos y te hace respirar con el corazón temblando y que cuando eso sucediera, él nos recordaría lo que nos decía en ese momento: que esa alegría familiar, ese sentirse parte de algo más grande que uno, algo inexplicable, esa felicidad y ese volcarse a las calles para gritar el nombre de tu país: era amor de verdad. Yo tenía 11 años en 1986, y desde entonces siempre había terminado apagando el televisor luego de cada eliminatoria y al día siguiente veía en las noticias las celebraciones del equipo ganador, del país ganador. La sonrisa tan ajena y tan lejana, en alegrías más ajenas aún.

El miércoles 15 de noviembre de 2017, a las 9:43 de la noche, la App Sismo Detector de Chile activó la alerta de terremoto en el Perú por un sismo de 4.5 grados. El epicentro se detectó bajo el Estadio Nacional. La noticia dio la vuelta al mundo. Con aquél gol de Farfán pude por fin comprender toda esa gigantesca alegría de la que mi papá tanto hablaba. Esos dos gritos de gol. Ese pecho que se cierra. Esos ojos que se aguan. Esa emoción cada vez que vez repetido el gol que nos devolvió a un mundial luego de 36 años. Pensé en mi papá y en su muerte en la navidad de 2015 en ese momento, mientras contenía el llanto, y en cuánto nos hubiéramos abrazado con cada gol. Ya sé, papá, de lo que hablabas. Ahora, de 42 años, mis hijos sabrán lo que es coleccionar un álbum Panini con alegría. Esa noche salimos a las calles, felices y juntos, en familia. Eso era la felicidad, papá, eso era la alegría del gol. Este álbum también lo llenaré contigo. Vamos, Perú.

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