Vinos de guerra

La Segunda Guerra Mundial está llena de historias sorprendentes sobre las intenciones de los nazis al invadir cada país. Francia y sus viñedos no fueron ajenas a esto. Acá la increíble historia de los WeinFuhrers.

Escribe Miguel Albrecht

Amediados de 1945, la guerra en Europa estaba entrando en sus últimas semanas luego de casi 6 años. Un joven comandante de tanques de la Segunda División Blindada del Ejército Francés, bajo el mando del General Philippe Leclerc, llamado Bernard de Nonancourt (de solo 23 años y oriundo de la Champaña) llegaba con su columna blindada a Berchtesgaden en los Alpes Bávaros, donde la élite nazi tenía sus mansiones privadas llenas de los tesoros saqueados. El repentino grito de un oficial lo hizo descender de su tanque y, aproximándose a este, le dijo, señalando la cima de la montaña Obersalzburg: “Bernard, usted es de la Champaña, ¿no es así?  En ese caso algo debe de saber de vino. Allí arriba hay una bodega llena de vino robado a nuestro país. Vamos a recuperarlo. Usted estará a cargo de esa operación”.

Camino a la cima, Bernard se dio cuenta de que la misión era peligrosa: la montaña (de 2,438 metros de altura) estaba repleta de trampas explosivas; descubren entonces un portón de acero macizo, de casi medio metro de espesor, al que con ayuda de explosivos apenas pudieron doblar en una de sus esquinas por donde ingresaron con dificultad. Alumbrando con sus linternas descubren algo por lo que cualquier connaisseur o sommelier hubiera dado la vida: millones de botellas en cajas acomodadas del suelo al techo de la inmensa cueva. Nombres legendarios como Chateau Lafite Rothschild o Chataeu Mouton Rothschild, Chateau Latour, Chataeau D´Yquem y Romanee Conti, además de innumerables botellas de coñac y oporto (muchas de ellas del siglo XVIII) y centenares de cajas de champaña de las mejores bodegas de su región de origen. Lo irónico del gigantesco descubrimiento era que por ley del Reich Alemán, todos esos tesoros pertenecían a Adolfo Hitler, un hombre que no solo despreciaba el vino calificándolo de “líquido avinagrado”, sino que además era abstemio.

El 14 de junio de 1946 los alemanes entran en la ciudad de París acompañados de funcionarios especialmente elegidos por el Reich Marschall Hermann Goering -el nazi más poderoso después de Adolfo Hitler-, con la sola misión de  seleccionar las dos joyas de la cultura francesa: el arte y el vino. Con la ocupación los alemanes dividen el país en dos zonas, la Ocupada y la No Ocupada, esta última bajo el mando del Mariscal Philip Petain y con capital en la ciudad de Vichy, famosa por sus aguas termales curativas. Ambas zonas estaban divididas por una Línea de Demarcación; ahora bien, esta línea no había sido trazada al azar, pues los funcionarios civiles agregados al ejército alemán cuidaron de incluir en la zona bajo su dominio a la casi totalidad de los viñedos y bodegas Grand Cru. Comenzó entonces la invasión. Una patrulla de soldados al mando de un oficial se presentaba en cada propiedad o bodega y requisaba el lugar dando un plazo perentorio (de horas en algunos casos) para que dueños y ocupantes abandonaran el lugar, luego procedían a instalarse para convertir la propiedad en centro de comunicación militar, hospital para heridos de guerra, cuartel general, y en muchos casos, utilizaban campos de vides como polígonos de prueba para armas ligeras y artillería.

Todos los hoteles, restaurantes, almacenes mayoristas de vinos y bodegas recibían la visita de personajes ataviados con el uniforme del ejército alemán; para sorpresa de los invadidos, muchos de estos invasores resultaron antiguos conocidos, cuando no amigos cercanos. Pero, ¿quiénes eran? Los llamados Beaufragter fur den Weininmport Frankreich o Agentes de compra de vino francés para exportación, eran antiguos comerciantes alemanes de vino francés en Alemania; sabían las calidades, dónde buscar y por quién preguntar; además los jerarcas nazis habían tomado como “punto de orgullo” el tener cavas repletas de las mejores marcas de vino y champaña francesa. La idea primigenia de dar vinos malos por buenos no iba a funcionar: los WeinFuhrers, como coloquialmente se les llamaba, conocían a fondo el objeto de su misión. Tres nombres de WeinFuhrers destacan en esta aventura: Heinz Bomers en Burdeos; Adolph Segnitz en Borgoña; y Otto Klaebisch en la Champaña. Los viticultores franceses rápidamente comprendieron que la única manera de salvar su herencia y legado era optar por la vía del interés y la pasión común.

La gran mayoría de establecimientos hoteleros y restaurantes habían previsto  la derrota y recurrieron a un ingenioso truco: construyeron paredes falsas en las que las mejores cosechas de vino y champaña fueron ocultadas y pronto se vio a los hijos pequeños de los propietarios atrapar arañas vivas para dejarlas en las “antiguas” paredes y engañar con sus telarañas a los invasores; en otros casos las escaleras que conducían a cavas subterráneas eran selladas. Hubo un caso en que un productor de vino sumergió toda una cosecha particular en un lago de su propiedad y la rescató 5 años después.

Por su parte, los Weinfuhrers también hicieron lo posible por ayudar a los franceses y empezaron a comprar lotes  de vino de las peores cosechas. Esto último era riesgoso para todos pues los destinatarios, vale decir, los jerarcas nazis, conocían la calidades y sus represalias podían ser terribles; además, la gran mayoría de los productores franceses se unieron a la Resistencia y sus informes sobre las remesas y sus métodos de empaque de botellas eran pieza clave para los Servicios de Inteligencia Aliados.

Llegó 1944 y el Desembarco de Normandía. A medida que los ejércitos aliados avanzaban a través de Francia, los Weinfuhrers recibían órdenes directas de Berlín en el sentido de destruir hasta los cimientos, bodegas, viñedos, etc., pero la orden que más atemorizó a los franceses era que el Capitán Ernst Kuhnemann, antiguo comerciante de vinos franceses en Alemania y jefe del Puerto de Burdeos, tenía ya listo todo un plan para volar con explosivos todas las instalaciones portuarias, almacenes de vino y champaña. Semanas antes ya varios funcionarios franceses colaboracionistas con los alemanes habían empezado a ir a cada bodega o viñedo a derramar aceite industrial quemado en las barricas llenas o vacías. Urgía, pues, acercarse a los Weinfuhrers y apelar a la antigua amistad que los unía. Se llegó así a una solución de compromiso: los productores hablarían con sus contactos de la Resistencia francesa para que no acosaran a los soldados alemanes que ya estaban en plena huida hacia Alemania, y las regiones no sufrirían más daños de los que ya habían tenido.

Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial y mientras Europa se recuperaba del horror, en su viñedo de Mouton el Barón Phillip de Rothschild recibía una carta de Heinz Bomers, el antiguo Weinfuhrer de Burdeos. “Querido Barón, siempre amé los vinos de Mouton y me gustaría saber si hay alguna oportunidad de tener la representación de los vinos del Señor aquí en Alemania”. Después de pensarlo algunos días, el Barón le respondió: “Estimado Herr Bomers, me encantará otorgarle la representación de mis vinos; después de todo, ¿no estamos construyendo una nueva Europa?”. El resto es historia. //

No Comments Yet

Leave a Reply

Your email address will not be published.

Podrás seguirnos por medio de nuestras redes sociales y estar al día con nuestras actividades.

SÍGUENOS

CONTACTANOS EN:
Calle Carlos Ferreyros Nº 960, Of. 301 - San Isidro
Teléfono: 386 7850
Email: revista@cocktail.pe