Y beber hasta morir

Por Gabriel Rimachi Sialer

Escribió el poeta chino Li Po: “Entre las flores, un tazón de vino / bebo solo, ningún amigo está cerca. / Levanto mi copa, invito a la luna / y a mi sombra, y ahora somos tres. / Mas la luna nada sabe de bebidas / y mi sombra se limita a imitarme, / pero así y todo, luna y sombra serán mi compañía. / La primavera es época propicia para el goce. / Canto y la luna prolonga su presencia, / bailo y mi sombra se enreda. / Mientras me mantengo sobrio, somos alegres juntos, / cuando me embriago, cada uno marcha por su lado / jurando encontrarnos en el Río de Plata de los cielos”. Conocido como el poeta inmortal y considerado uno de los dos más grandes de la literatura china, Li Po pasó a la historia también por su intensa relación de amor con el alcohol. Murió ahogado una noche del año 762 D.C. cuando, estando ebrio, cayó de su canoa en el río Yangzi al querer abrazar el reflejo de la luna. La relación que existe entre el alcohol y la literatura es tan antigua como antigua es la sed. Muchas grandes obras se han escrito bajo los perturbadores efectos que el alcohol desata en el creativo cuerpo que lo posee. Poetas, escritores, dramaturgos, la lista es gigantesca, la tragedia a la que los conduce también, y no sabe de géneros.

En 1947 la poeta norteamericana Anne Sexton, alcoholizada y deprimida, se encerró en su coche rojo con el motor encendido. Murió ahogada con el monóxido de carbono. Sexton, que había vivido fascinada por su amiga Silvya Plath (quien murió asfixiada al abrir la llave del gas y meter la cabeza en el horno de su cocina), llegó a decirle a su médico “esa muerte –la de Plath- era mía”. Son inevitables las referencias a Hemingway o Malcolm Lowry (autor de la monumental “Bajo el volcán), que escribieron páginas magistrales mientras bebían duro y parejo. Charles Baudelaire decía que para el poeta el alcohol era un arma que utilizaba para “para matar algo que tenía en su interior, una lombriz que no lograba aniquilar”. Samuel Beckett, que fue secretario de James Joyce, compartía con este la pasión por el whisky. “¿Cuál es la diferencia entre un vaso de absenta y el ocaso?”, escribió Oscar Wilde, otro gigante de las letras cuya vida intensa y creativa, estuvo ligada además al alcohol.

El gran dramaturgo norteamericano Tennesse Williams, bebía tanto a causa de la depresión, que llegó a escribir en uno de sus tantos intentos de rehabilitación “Dos whiskies en el bar, tres tragos por la mañana, un daiquiri en otro bar, tres copas de vino en el almuerzo y tres en la cena; dos tranquilizantes, tres pastillas de color verde y una amarilla cuyo nombre no recuerdo”. Días antes de morir atragantado con la tapa del colirio que intentaba abrir con los dientes, atontado por la brutal resaca, Willians declaró para el Paris Review: “O’Neill tenía un gran problema con la bebida, le ocurre a la mayoría de los escritores porque hay una gran tensión que rodea a la escritura. Todo es viable hasta cierta edad, luego ya se empieza a necesitar ese nervio que viene desde la bebida”. La escritora Dorothy Parker –que fue despedida de Vanity Fair porque su alcoholismo la hacía escribir muy mal-, murió de un infarto en la habitación de un hotel de Nueva York junto a su perro y una botella de licor. Su epitafio reza “Disculpen el polvo”. La historia da para muchísimo más, claro está. Pero está página se acaba, y la botella también. Salud.

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