Mi columna pasada la dediqué a un periodista emblemático de la izquierda, a quien, a pesar de no necesariamente compartir sus posturas ideológicas, admiro por su capacidad intelectual y trabajo incesante. Esta vez me permito la licencia de abordar al personaje que tiene a la derecha liberal como una bandera flamante: Jaime Bayly Letts. Escritor maniático, periodista irreverente, pero a la vez cuerdo. Ha sido cómplice desde lo más impopular como apoyar una campaña de Keiko Fujimori hasta intimidar a un entrevistado entre la sorna y el desconsuelo.

Antes que periodista, es hijo de Doris Mary Letts, y uno es, por defecto, el retrato de la formación impartida en el seno familiar. Su madre, fervorosa mujer católica, miembro del Opus Dei, lo acaricia en una recordada entrevista, donde lo llena de elogios y afecto: un corazón a la altura de un novelista. Es un francotirador: apunta, dispara, sucumbe. Su pluma prodigiosa y envalentonada lanza fusiles contra sus enemigos íntimos y enumera las travesías de su vida que solo pueden ser contadas por el autor. Es un impostor en el confesionario libre del discurso público, pues, antes que el periodismo, prefirió los embates literarios.

Desde su narrativa, enaltece la palabra y la rescata en su refugio. Es capaz de asistir al suicidio de Mozart, describir experiencias personales y prodigar el infortunio de sus amores contrariados con una lucidez visceral. Ahora en Willax TV, continúa lanzando dardos al blanco. Es un veterano de guerra, pero no ha dejado el ímpetu de aquella juventud desgastada. Amedrenta a los políticos, devela sus múltiples personalidades detrás del flash y el glamour transitorio del mundo televisivo. Sin embargo, hace unas semanas decidió terminar con el rumor y contar sus aventuras en un segmento denominado «Programa Especial», donde prefirió abandonar la pauta para autoexaminarse y narrar su controvertida vida desde un panóptico.

Se inició en el periodismo a una edad donde sus amigos quemaban sus pestañas estudiando. Tenía quince años y ya escribía en el diario La Prensa. Desde aquel momento le deparó una emboscada de éxito y fama. La televisión se convirtió en su segunda casa. A temprana edad, desde la comodidad de su sillón, era capaz de tumbar un gobierno o aliarse a uno de turno que pudiera solventar sus ambiciones de burgués. Jaime vivía a pulso el periodismo mientras escribía o, mejor dicho, galopaba. Su discurso, cargado de palabras fastuosas, removía de órbita a la audiencia.

Pero la realidad es que ni siquiera le interesa realmente el periodismo. Es un escritor convulso y obsesivo que ha revelado en sus novelas la vida agitada que conduce «sin timón y en el delirio», como diría Mario Santiago Papasquiaro. Es un poeta vestido de novelista, de todos los hombres que quiso ser y nunca pudo. Un personaje a prueba de fuego, balas y fieles enemigos, descubierto en sus facetas y dimensiones.

Nadie puede intimidarlo, porque él mismo se ha encargado de prodigar sus miserias en público, jactarse de sus desastres y reír de las censuras que le valieron una enemistad familiar por publicar una novela reveladora. Mantiene vigencia aún en su autoexilio y la televisión es su país de origen, el lugar que lo vio florecer. Todavía guarda artillería para sus próximos libros, que son la continuación de una existencia desmesurada y de placeres instintivos.

Escribe: Diego Samalvides