Hace cuarenta años me hice el «manicure» más extravagante hasta la fecha: corté en 10 pedacitos un sorbete de rayas blancas y rojas, luego le di forma de uña a todos para ajustarlo en cada dedo. Después procedí a pegarlas usando goma de mascar rosada que yo misma mastiqué y, por último, busqué entre las cosas de mi madre y sustraje un esmalte rojo sangre a fin de pintar cada una con todo el cuidado del mundo. Eran largas y puntiagudas. Me hacían sentir como una «mujer grande». Si yo con 11 años pude intuir el poder y la fascinación que ejercían las uñas, no es de extrañar que, en el 2022, la forma de llevarlas o su cuidado digan más de ti en lugar de lo que traes puesto. 

Como muchos elementos y costumbres de la moda, estas iniciaron reflejando estatus, riqueza y ninguna necesidad de trabajar. Pero, con el paso del tiempo, evolucionaron hasta convertirse en símbolos de individualidad, mostrando la personalidad de quien las porta. Claro que la historia es larga, tan extensa que los chinos ya tenían estipulado quienes podían usarlas, qué tan largas y en qué dedo iban para dar cierta connotación. Fue Nefertiti quien puso de moda el color rojo sangre —que hacía honor a su nombre porque contenía sangre—, el más usado en toda la historia, y que solo decayó en los 60s porque el maquillaje, los accesorios y la ropa eran tan estridentes que algo tenía que quedar fuera. Las uñas se llevaron en los colores neutrales que tanto nos gustan cuando están cortas.

Me gustaría acreditar las uñas postizas de sorbete como si fueran de mi autoría,  pero, en realidad, los griegos ya me llevaban la milla usando las cáscaras de pistachos y, dándole color con tintes naturales en las puntas;  ilustraban figuritas, agregaban piedras preciosas o pan de oro ¿No les resulta familiar? La alta cultura de los Incas también fue  pionera en el «nail art», creando  pequeños símbolos y figuras en las mismas. Los arqueólogos descubrieron que elaboraban uñas artísticas afilando palos y usando colores naturales; los cuales aplicaban con herramientas de pintura, especialmente para ceremonias especiales.

Usamos los términos «manicure» y «pedicure» gracias a quien desarrolló las técnicas y herramientas para un cuidado de manos y pies menos invasivo o suave: el «Artiste de la main», el francés Monsieur Sitts, a mediados del siglo XIX. Sus conocimientos se extendieron hasta Estados Unidos y al resto del mundo, aunque las acrílicas que conocemos hoy, vieron la luz a finales de 1954 por un dentista. El dr. Fred Slack descubrió las posibilidades de sus materiales dentales de casualidad, cuando se lesionó la uña un día en un laboratorio dental. En los 70s estuvo lanzando nuevos productos incluyendo polímeros y uretanos activados por la luz.

En los 80s, los franceses volvieron para arrasar con el «French manicure», el cual  está de vuelta actualmente con uñas cortas para alejarnos de otra tendencia: «las stiletto», largas, no tan puntiagudas, cuadradas y en colores suaves o neutros. Sin embargo, aparte de los trabajos que van desde lo sutil hasta lo estrambótico como los de Cardi B, también estamos empezando a verlas en los hombres gay o heterosexuales exhibiendo color en ellas; especialmente el negro ¡Se ven espectaculares y sexys! Entonces, si  la Segunda Guerra Mundial o la pandemia actual no han podido con el «nail art», sino que, por el contrario, se convirtieron en una vía de escape y expresión individual, ¿cuál es la necesidad de resistirnos?

Escribe: Katia Ros (@kriosmillares)