A raíz del nacimiento de mi sobrina, una de las cosas que he querido hacer para conmemorar su nacimiento es colocarme un aretito extra en el cartílago y regalarle un par a ella, lo más parecido posible a mi primer par.

A mi querida sobrina, una bebe de seis meses,  se le perdió  el arriete de uno de sus aretes, sus primeros aretitos. En la búsqueda de un reemplazo se fue una tarde y 70 dólares por un ariete de bebé cuando juraba que probablemente sería de cortesía en cualquier joyería.

Con esa andanza me quede pensando de dónde sacamos esta costumbre, que quizás para otras culturas parecerían bárbaras: perforar los lóbulos de una niña apenas días o meses de su nacimiento para colocarles piezas de adorno.

Sin embargo, uno de los recuerdos más antiguos que tengo son mis primeros aretes, una bolitas de coral rojo montadas sobre una base de oro. Con la pandemia en días pasamos de usar aretes  grandes, materiales y diseños diversos a cambiarlos por dormilonas de perlas y piedras o aros de tamaños medianos a lo sumo.

 Una  reacción muy parecida a lo que pasó hace 100 años con la gripe española, pero lo que hizo que cayeran en desuso fueron otros accesorios. Las pelucas del siglo que cubrían las orejas y que llegaron a pesar tanto complicaron el uso de aretes y pendientes.

Por esa razón, los que fueron obviados hasta el siglo el siglo XX, donde los zarcillos después de la gripe española empezaron a usarse de presión o prensa, pues se había perdido la costumbre de perforar los lóbulos.

Hoy en día, la forma de usar aretes ha cambiado a causa de la crisis sanitaria y de lo que ello significa. Tal parece que esos estilos continuarán mientras llevemos las mascarillas puestas. Aun así, ¿cómo es que llegamos a perforarnos las orejas por puro gusto? Yo no me imagino salir a la calle sin mis dormilonas puestas.