Opinión escrita por Julio César Torres Morales
Existe una dejadez preocupante por parte de algunos padres de familia de esta época: Una renuncia a asumir la responsabilidad que significa educar, formar y guiar a sus hijos. Se ha confundido el amor con la permisividad, la protección con la sobreprotección y los derechos con la ausencia absoluta de límites.
Hay padres que, por miedo, por incapacidad o simplemente por una equivocada manera de entender la crianza, permiten comportamientos que deberían ser corregidos desde el hogar. Y lo más preocupante es que algunos han llegado a creer que, porque sus hijos son sus hijos, nadie más tiene derecho a corregirlos.
Que ningún profesor, tutor o autoridad educativa puede llamarles la atención, imponerles una consecuencia o señalarles que están actuando mal. ¿Y qué ocurre entonces? Que el profesor termina siendo el cuestionado. El tutor termina siendo denunciado. La autoridad termina debilitada. Y el alumno aprende que, ante cualquier corrección, basta con llamar a papá o a mamá para que alguien venga a defenderlo. ¡Eso es un gravísimo error!
Un profesor no está para maltratar, humillar ni abusar de un alumno. Pero tampoco podemos pretender que un profesor eduque sin autoridad, sin poder corregir y sin poder establecer límites. Porque educar no significa evitarle al niño o al adolescente cualquier incomodidad. Educar significa prepararlo para la vida. Y la vida tiene límites. La vida tiene normas. La vida tiene consecuencias.
La vida nos enseña que no siempre vamos a tener la razón y que no siempre habrá alguien dispuesto a resolver nuestros problemas. Y aquí aparece un ejemplo reciente y terrible: el caso del Liceo Naval Almirante Guise.
Según la denuncia que actualmente investiga la Fiscalía, un estudiante de 16 años habría sufrido una agresión sexual dentro de un bus durante el traslado de alumnos después de una actividad deportiva. El caso es gravísimo y las autoridades están investigando para establecer exactamente qué ocurrió y las responsabilidades correspondientes.
Pero más allá de determinar jurídicamente quién es responsable —algo que corresponde a la Fiscalía y al Poder Judicial—, este caso nos obliga a hacernos una pregunta mucho más profunda: ¿Qué está pasando con la formación de nuestros jóvenes?
Porque no basta con preguntarnos qué ocurrió aquel día. También tenemos que preguntarnos qué ocurrió antes. ¿Qué valores se estaban formando en esos jóvenes? ¿Qué límites tenían? ¿Qué aprendieron en sus hogares sobre el respeto al otro? ¿Qué aprendieron sobre la dignidad de una persona? ¿Qué aprendieron sobre el consentimiento, sobre la violencia, sobre las consecuencias de sus actos?
Y también debemos preguntarnos si las instituciones educativas cuentan realmente con la autoridad, los mecanismos de prevención y la capacidad de supervisión necesarios para proteger a sus alumnos.
En este caso, incluso padres de familia han cuestionado públicamente la falta de disciplina y han denunciado que algunos docentes se sienten limitados para ejercer determinadas labores de supervisión por temor a ser denunciados por los propios padres. Son testimonios y denuncias que deben ser investigados, pero revelan una preocupación que merece ser escuchada.
Porque cuando un profesor tiene miedo de corregir, cuando una institución tiene miedo de sancionar y cuando un padre pusilánime, débil, interpreta cada llamada de atención como una agresión contra su hijo, algo se ha roto en la relación entre familia, colegio y autoridad. Y quiero ser muy claro: No estoy diciendo que los padres deban permitir abusos de autoridad. Todo lo contrario. Un profesor que maltrata, humilla o abusa debe responder por sus actos.

Pero una cosa es proteger a nuestros hijos de un abuso y otra muy diferente es protegerlos de toda corrección. Una cosa es defender sus derechos y otra es enseñarles que nunca tienen responsabilidades. Una cosa es escuchar a nuestros hijos y otra es creer automáticamente que ellos siempre tienen la razón.
Porque si cada vez que nuestros hijos cometen un error nosotros buscamos al culpable afuera, ¿cómo van a aprender a reconocer sus propios errores? Si cada vez que reciben una llamada de atención vamos a enfrentarnos al profesor, ¿cómo van a aprender a aceptar una crítica? Si cada vez que existe una consecuencia intervenimos para eliminarla, ¿cómo van a aprender que sus decisiones tienen consecuencias?
Eso no es formar personas libres. Eso es formar personas dependientes de la protección de otros. Y ahí está uno de los grandes problemas de nuestra época. Estamos formando, en algunos casos, jóvenes a quienes les cuesta aceptar un “no”; que tienen dificultades para recibir una crítica, para asumir una responsabilidad, para reconocer un error o para enfrentarse a una situación incómoda sin esperar inmediatamente que alguien venga a resolverla.
Y eso no es culpa exclusivamente de los jóvenes. Los adultos también tenemos una responsabilidad enorme. Porque los hijos no nacen sabiendo respetar. No nacen sabiendo controlar sus impulsos. No nacen sabiendo distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. Eso se enseña. Se enseña en casa. Se refuerza en el colegio. Se sostiene con límites. Y, sobre todo, se enseña con el ejemplo.
Ser padre no significa ser cómplice de nuestros hijos. Ser padre no significa decirles que sí a todo. Ser padre no significa evitarles cualquier frustración. Ser padre significa tener el valor de decirles: “No”. Significa decirles: “Eso está mal”. Significa enseñarles: “Tú eres responsable de lo que haces”. Y significa permitir que aprendan que las acciones tienen consecuencias.
Porque si queremos jóvenes con criterio, necesitamos enseñarles a pensar. Si queremos jóvenes responsables, necesitamos enseñarles responsabilidad. Si queremos jóvenes respetuosos, tenemos que enseñarles límites. Y si queremos jóvenes capaces de defenderse en la vida, tenemos que dejar de resolverles absolutamente todos sus problemas.
La autoridad no debe ser abusiva. Pero la ausencia de autoridad tampoco es educación. El colegio no puede reemplazar a la familia. La familia tampoco puede destruir la autoridad del colegio. Y ambos tienen que entender que existe una responsabilidad compartida: formar seres humanos capaces de convivir, respetar, pensar, decidir y asumir las consecuencias de sus actos.
Porque al final, la pregunta no es solamente qué colegio queremos. La verdadera pregunta es: ¿Qué clase de seres humanos estamos formando? Y esa responsabilidad no es solamente de los profesores. Es de todos los adultos. Especialmente de los padres.
